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El miércoles pasado vinieron a almorzar a EL TIEMPO el escritor Alvaro Mutis, su hijo Santiago y Maqroll el Gaviero, personaje cuyas aventuras Mutis ha registrado con la mayor fidelidad posible, en un oficio de amanuense que le ha ocupado más de treinta años de su vida y le ha permitido escribir siete libros. Fue alegre para quienes lo esperaban, ver aparecer a Mutis, hoy convertido en ídolo sin tener que saltar sobre un escenario, hacer goles para el Parma ni protagonizar una telenovela. Solo por obra y gracia de la palabra.

 

Pero un inconveniente nubló la feliz llegada. El periódico tiene una seguridad y unas normas. Era preciso dejar en la recepción algún documento de identidad, una de esas constancias conque la gente se siente parte de algo.

El escritor y su hijo cumplieron rápidamente con el trámite. Solo cuando se disponían a pasar al sitio del almuerzo, repararon en la mirada de Maqroll. Era una mezcla de orfandad y extrañeza. ¿Papeles? Los suyos han sido siempre falsos y precarios. El último en la lista fue un pasaporte de una pequeña república del Caribe, suministrado por Alejandro Obregón para sacar a el Gaviero de un apuro en Vancouver.

Como era de esperarse, ya no lo tenía. Y Maqroll estaba allí, parado frente al guardia de seguridad, que no entendía nada.

La intervención de una voluntad todopoderosa que no dejó de echar una mirada de desconfianza sobre la indumentaria marítima de Maqroll y los vestigios de su barba ballenera que le poblaban el rostro con impertinencia hizo posible que pudiera pasar al recinto escogido para la charla.

Mutis, que tiene un aspecto enorme de leñador y ese parecido facsimilar con el sabio José Celestino, su pariente remoto, y conserva intocable su voz de locutor, accedió rápidamente a una charla informal. Una copa de vino le refrescó la garganta. Habló de su vida en Coello, de su conocimiento pormenorizado de la hacienda de sus padres y de su amor terco e irrenunciable por el Tolima (que comparte orgulloso con su amigo Alvaro Castaño Castillo).

Pero era tarde Mutis, Santiago y tal vez Maqroll venían de un acto en la Feria del Libro, y el hambre apremiaba. El único que no accedió a sentarse a la mesa y ya presentaba señales de cansancio ante una situación de rigores sociales completamente ajena a su carácter fue el Gaviero. Prefirió dedicarse a mirar volúmenes de la Biblioteca de Eduardo Santos, que reposan allí y solo son frecuentados por lectores esporádicos. O están francamente olvidados.

 

Las andanzas comunes

 

Dos alegrías recientes habían interrumpido la condición escéptica del escritor (pero sin alterar para nada, claro, su visión desalentada del género humano).

La primera había sucedido la tarde anterior. Estaba fresca en sus ojos enormes y corría feliz por sus palabras. Era el recuerdo de su recital en la Casa de Poesía Silva, donde más de 1.000 personas se apretujaron en el recinto, y centenares se plantaron en la calle para oir poemas.

A Mutis se le grabó la diversidad cronológica de la audiencia y reparó en el enorme interés que su poesía ha despertado en las mujeres jóvenes. Una de ellas se le acercó, al final, para comunicarle su amor por Maqroll. Mutis no pudo ocultar su sorpresa. Y repitió en la mesa lo que le dijo a la chica ilusionada: Maqroll no es absolutamente recomendable .

Luego soltó una de sus carcajadas vitales y sonoras (no le importó la presencia de el Gaviero, quien por su parte, se ha acostumbrado a ser una referencia continua en la conversación de Mutis, no entiende el interés del escritor en sus andanzas harto comunes , y en ese instante se dedicada con más fervor al examen de las Mémoires du prince de Talleyrand , por el duque de Broglie, edición de Calman Lévy en París, 1891, primero de tres tomos que sobrevive milagrosamente en los anaqueles).

La otra alegría la constituía la entrega en pocas horas de Tríptico de Mar y Tierra , su más reciente libro, publicado por Norma y presentado en la Feria del Libro. Son tres narraciones cortas en las que recoge aventuras de Maqroll tituladas Cita en Bergen , Razón verídica de los encuentros y complicidades de Maqroll el Gaviero con el pintor Alejandro Obregón y Jamil . Es un cumplimiento más de esa función de intermediario entre la vida de el Gaviero y quienes se interesan por ella, que Mutis considera un papel más bien ingrato.

 

Sin ocultar el dolor

 

Pero esas alegrías se disiparon rápidamente. A su edad 70 años, Mutis no abriga sorpresas diferentes a una buena amistad, la belleza, el gusto por la vida pasada que es la historia del mundo y el reflejo de sus inclinaciones monárquicas y la sorpresa de su nieto Nicolás, del que suele contar las últimas travesuras (con cierta timidez por la reacción que pueda despertar ese tema en los ámbitos intelectuales).

No puede ocultar el dolor que le produce el mundo, el hombre desbocado en su afán de destrucción. En Waco (Texas), en Srebrenica o en Bogotá, Colombia. No es optimista, porque sabe que así se denomina a las personas a quienes les falta algunos datos.

Todo eso, y mucho más, le hace pensar que la especie humana se está comportando como una plaga. Que hace daño y desaparece. Y que acaba con su medio ambiente.

No había terminado Mutis su prédica cuando se escuchó una voz, un acento mediterráneo, que dijo con una articulación perfecta: La desaparición de esta especie sería un notable alivio para el universo.

Los asistentes volvieron a mirar. Era el Gaviero. La conversación de Alvaro Mutis, que atrae y hechiza, había obligado al transitorio olvido de Maqroll. Ahora estaba ahí, junto a la mesa, con su expresión desolada. Se hizo un silencio. Era clara la incomodidad que le producía estar allí, en la condición terrestre de las apariencias, a un navegante aventurero.

Al poco tiempo de su extinción continuó Maqroll, sin mirar a los presentes, y como en un diálogo cerrado, un total olvido caería sobre su nefasta historia. Existen insectos que están en condiciones de dejar testimonios de su paso menos perecederos y fatales que los dejados por el hombre.

Fue como si un cuchillo tajara el espacio. Nadie se atrevía a hablar. Hubo quien miró a Alvaro Mutis como a la espera de una señal. El Gaviero se alejó hacia los libros. Mutis, acostumbrado a esas apariciones, retomó la palabra sin perturbación.

Habló de sus santos sus personajes: Santa Teresa, Santa Catalina de Siena, San Francisco de Asis. De su enorme esfuerzo por sobrellevar la condición humana. Dijo que el trabajo envilece. Y que es un infierno.

Trabajó en muchas cosas venta de películas para televisión, por ejemplo porque no quiso derivar su sustento de un supuesto talento literario. Ni someterlo al mercado.

Viaja no para conocer países. Solo para trasladarse. Gusta de la vida, de la experiencia, de la aventura marginal, porque un personaje como Maqroll no se puede sostener durante 40 años a base de almuerzos en el Jockey .

El peor defecto de la raza humana, cree, es la falta de indulgencia, el que cada uno se convierta en juez de los demás, y se niegue a entender que lo que otro está haciendo lo puede hacer uno.

Y cerró con su enfermedad: la perfección. Rehace y corrige sus libros con saña.

Dijo que quería más vino.

 

La siesta, viejo

 

El resto del tiempo se fue en apuntes sobre su obra, sus influencias literarias, la vida…

De vez en cuando Santiago hacía observaciones a las palabras de Mutis, pero es un hombre discreto, con el aspecto de rabino de sus antepasados caldenses, que trata a su padre de usted y con un respeto reverencial.

Mutis acogió con entusiasmo la explicación de su hijo, según la cual el gusto de muchos europeos por sus libros se debe a que son habitantes de un continente sin esperanza. Condenados al fracaso. Como Maqroll.

Llegó la hora de partir. Mutis dijo que, a las cinco de la tarde, iba a recibir el Tríptico (después confesó con una cierta complicidad infantil: La siesta, viejo, la siesta ).

Mutis fue requerido para unas fotos. Fue hasta la redacción y cumplió los protocolos de la cortesía. Se subió la cremallera de su chaqueta verde y en compañía de Santiago, se dirigió a la recepción, a reclamar sus documentos.

Lo acompañaba Fernando Quiroz Editor Cultural de EL TIEMPO quien acaba de publicar un libro revelador de conversaciones sostenidas con el escritor (por eso, también, Mutis es noticia). El reino que estaba para mí (Conversaciones con Alvaro Mutis) ratifica, entre otras cosas, que el escritor todavía sigue sin saber qué es la vaina.

La recepcionista entregó los documentos a Alvaro y a Santiago. Ya se dirigían al parqueadero, cuando Mutis se detuvo, y volvió a mirar, como si se hubiera quedado irremediablemente solo.

Y Maqroll? preguntó.

Dónde estaba el Gaviero? Luego de su patética intervención nadie había vuelto a reparar en él. Qué se había hecho? Fernando Quiroz se iba a devolver para llamarlo por el horrendo altoparlante, cuando la señorita de la recepción dijo: Buscan al señor que vino con ustedes? Todos volvieron a mirar, como quien persigue la respuesta a un enigma.

Se fue hace rato. Tenía una cara de aburrido… Le dejó esto…

Le extendió un papel a Alvaro Mutis. Era una vieja hoja, como sacada de un diario de a bordo. Mutis la miró, sonrió levemente, movió la cabeza y leyó con su voz perfeta: “La vida se nos viene encima como una bestia ciega. Se traga el tiempo, los años de nuestra existencia, pasa como un tifón y nada deja. No me vuelva a traer a estas vainas, Alvaro. Firmado: Maqroll, el Gaviero”.

 

(Homenaje a Álvaro Mutis en sus 90 años. Publicado en El Tiempo el domingo 25 de abril de 1993)

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PERFIL
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Carlos Gustavo Álvarez G. nació en Bogotá en 1957. Es periodista, escritor, libretista de TV, asesor de comunicaciones y compositor. Se ha desempeñado como Director de Elenco, Editor Cultural y Editor Dominical de El Tiempo, Editor de revista Credencial y Subdirector de Cromos. Entre otros, escribió los libretos de la comedia "Don Camilo" y de la telenovela "Calamar", y con Bernardo Romero Pereiro (q.e.p.d.) creó al personaje "Guri Guri". Entre sus libros están: Bogotá de memoria, Paisas en Bogotá, La Vuelta a Bogotá en un poco más de 500 años, Angelita, Historia de una voluntad y En boca cerrada. Ha compuesto dos CD de canciones: "Son de Colombia" (2009) y "Tu amor" (2010) y "Palabras de amor", que circuló con "En boca cerrada". Ha sido columnista de Elenco, Lecturas Dominicales, El Tiempo, El Colombiano y en 2011 cumplirá siete años como columnista de Portafolio. Su página web es: www.carlosgustavoalvarez.net

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