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Por Samir Antonio Campo Escudero

Analista Investigador RADDAR CKG

Cuando en 2015  se publicaba en Colombia la Encuesta Nacional de la Situación Nutricional (ENSIN) y se ponía de manifiesto que el sobrepeso y la obesidad son males que agobian al 50% de la población colombiana, se dispararon todas las alarmas respecto de la importancia que tenía para el sistema de salud, la necesidad de regular vía tributación los productos que más alto riesgo implican para los hogares y especialmente para los niños: las bebidas azucaradas.

Razones no faltan, según el ministro de Salud el Gobierno Nacional invierte anualmente, la nada despreciable suma de 1.2 billones de pesos en la atención de las patologías conexas a los varios kilos de más, teniendo de presente que estamos frente a un sistema al que dinero no le sobra y en el que cada peso invertido o salva vidas, o se refunde en la burocracia que rodea a los actores del sector.

Sin embargo, y aunque las bebidas azucaradas se constituyen en factor de riesgo importante para todo tipo de población, bien cabe decir, que la decisión de política pública, termina en vez de constituirse en una solución general, pasando a la frontera de llevar al desmedro a una industria que ha sumado históricamente al crecimiento empresarial del país.

Cierto resulta pensar, que en 50 años hemos pasado a tener indicadores de morbilidad que hoy se encuentran duplicados; no obstante, la responsabilidad no recae solamente en las gaseosas, o en las demás bebidas azucaradas, sin duda, las transformaciones económicas y culturales han contribuido de manera substancial a este proceso.

No se puede perder de vista, que durante los últimos 15 años Colombia ha triplicado los ingresos de sus hogares y tenemos cada vez urbes más grandes, lo cual se traduce en el surgimiento de una clase media emergente que se caracteriza por un grueso de cambios, enmarcados en una población con mejores estándares educativos y de vida, lo cual termina dejando ver, simples transformaciones que han modificado la cultura de la alimentación de los hogares. Por un lado dejamos de tener amas de casa y hogares convencionales, para pasar a dar cuenta de cada vez más hombres y mujeres que tienen jornadas laborales largas, y desplazamientos casa-trabajo o viceversa que implican más tiempo, reduciéndose así la posibilidad de comer en casa, lo cual, nos permite deducir, que existe menor control de lo que comemos, entregando esta responsabilidad a la industria de las comidas por fuera del hogar que en su afán de producir volumen puede llegar a descuidar el balance nutricional, el uso de grasas polisaturadas, azúcares o simplemente la relación insumo – producto.

De otro lado, y cuando la comida sigue teniendo un peso en el pocketshare importante para los hogares (33%), lo tiene un tanto más la cultura, y con esto diciendo que por ejemplo la bandeja paisa tiene 2200 calorías en promedio y una fuerte carga proteica y por lo menos tres carbohidratos en una sola ingesta; o un ajiaco acumula 1650 calorías en promedio, plato capitalino que se prepara con tres tipos de papa diferentes; sin contar, con que el famoso ACPM (Arroz, Carne, Papa y Maduro), almuerzo muy popular en la base de la pirámide poblacional tiene 1400 calorías, todo esto para decir que consuetudinariamente hemos comido como creemos que está bien, sin medida, y satisfaciendo las necesidades que aprehendimos en casa.

A esto debemos sumar que somos una sociedad sedentaria; según datos recogidos por la OMS, el 60% de los colombianos no se ejercita, adicionando a esto, que las dos más recientes generaciones de colombianos son adheridos totalmente a la tecnología o “nativos digitales” en hogares cada vez con menos niños o si hijos y con mascotas, en ciudades con percepciones de inseguridad muy marcadas, produciendo esto como resultado, lo que la teoría en torno a la pediatría tuvo a bien llamar “Los niños de la caverna”; es decir, niños y adolescentes con menos actividad física, que pasa más tiempo de entretenimiento alrededor de los videojuegos, hiperconectividad a dispositivos digitales y una carga importante de calorías por quemar.

Concluyendo entonces, no podemos satanizar a las bebidas azucaradas; es decir no solo a ellas y si la solución del gobierno nacional es generar una carga impositiva, entonces deberá gravarse toda la canasta, porque al final, entre nuestros pésimos hábitos alimenticios, el sedentarismo, y la voluntad de un consumidor cada vez más dinámico; será imposible delimitar las fronteras.

De otra parte, no hay que perder de vista que en países como México se impuso un gravamen del 20% a gaseosas y demás; pero, este no contrajo el consumo, el primer año después de impuesto, solo se llegó a una disminución de unidades vendidas en menos  de 0,5% tratándose del principal comprador y consumidor de estas. Ahora bien, el comprador y consumidor en Colombia ya está pagando a un sobreprecio por la compra de bebidas azucaradas; como ejemplo de esto podemos decir que en los restaurantes, cines o bares cada gaseosa que compra un Colombiano puede tener un sobrecosto que vas allá del 100% en algunos casos sobre el precio sugerido al público, y no por ello, se observa una contracción en consumo, aun cuando categorías como entretenimiento y comidas por fuera del hogar vienen creciendo de manera importante.

Es momento entonces, para que los ministerios involucrados hablen claro, y para que  expliquen la razón real y la justificación de esta carga tributaria; porque al final todo parecería indicar que hay razones elementales o simples que a la sazón desvirtúan sus argumentos y que le terminan exigiendo una revisión exhaustiva de su postura frente al impuesto; ergo, no significa una irrelevancia de la preocupación que existe sobre el sobrepeso y la obesidad. En este caso entonces, no aplica eso de que el fin no justifica los medios.

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