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Por: Lida Alejandra Acosta (Investigadora RADDAR CKG / Directora de Estudios Económicos)

La ley de etiquetado frontal de alimentos o Ley de Comida Chatarra es una herramienta que se formula para hacer frente a los problemas de salud pública en el país. La idea de la ley es justamente identificar a través de sellos frontales octagonales a aquellos productos comestibles procesados y ultraprocesados que tengan exceso de azúcar, sodio y grasas. El objetivo de esta ley de acuerdo con distintas organizaciones sociales es que los consumidores puedan tomar decisiones informadas y responsablemente, con el fin de promover hábitos de alimentación saludables e incidir sobre la epidemia de sobrepeso y obesidad del país.

Esta ley será aplicada a los fabricantes de comestibles que usen dentro de sus fórmulas azúcares, aditivos, sodio, grasas y colorantes, elementos que como esta científicamente comprobado pueden afectar la salud de los hogares.

A pesar de lo innovador que puede sonar, esto no es algo nuevo en el país ni mucho menos para la región, pues de acuerdo con FIAN (Por sus siglas en inglés – FoodFirst Information and Action Network) este proyecto lleva cerca de 6 años tramitándose en Colombia a través de distintos escenarios. Así mismo, en otros países como Chile y Ecuador, también se han llevado a cabo estas acciones para reducir el consumo en esta clase de comestibles. De esta manera, una de las primeras experiencias de este tipo de etiquetas fue Ecuador, el primer país en Latinoamérica en donde se implementó la modalidad “semáforo” en el año 2014 además de un impuesto al azúcar. En el “Reglamento de Etiquetado de Alimentos Procesados” del mencionado país se incluyó también una declaración obligatoria de informar si los productos contienen edulcorantes no calóricos, así como también un enunciado que advirtiera sobre el consumo de bebidas energéticas que presenten cafeína, taurina y glucoronolactona y la presencia de transgénicos.

Otro país que ha empleado la iniciativa es Chile, en donde la Ley No 20.606 o también llamada la “Ley Súper 8” comenzó a aplicarse el 16 de Junio de 2016, en donde se rotula un octágono negro similar a la señal de transitó PARE para todos los comestibles que exceden el límite establecido en cantidad de nutrientes críticos como azúcares, grasas saturadas, sodio y calorías. Esta modalidad de etiquetado ha dejado hasta ahora como resultado que el 80% de las personas tomen en cuenta la información de los sellos para reducir su compra.

En el caso de Perú, se estableció la Ley de Alimentación Saludable para Niños, Niñas y Adolescentes aprobada desde el 2013 por Ley No 30021 en la cual se toman acciones contra publicidad infantil que fomenta el consumo de alimentos empaquetados y bebidas no alcohólicos con altos contenidos en sal, azúcar, grasas saturadas, calorías y grasas. La reglamentación, que incluye el octágono de advertencia se publicó en el 2018, pero fue hasta el 17 de Junio de 2019 que entró en vigor estableciendo que los comestibles procesados que superen los parámetros técnicos de sodio, azúcar y grasas saturadas deben contar con la etiqueta octagonal el texto “evitar su consumo excesivo” mientras que en el caso de los productos con grasas trans, el octágono debe añadir “evitar su consumo”. Este método fue aplicado basado en el ejemplo chileno.

De los casos más recientes es México en donde el 24 de enero del 2019 se aprobó la modificación a la norma 051 del 2010 sobre alimentos y bebidas no alcohólicas pre envasados, donde después de varios meses con técnicos y expertos en la materia se llegó a algunos cambios de la norma, destacándose el etiquetado frontal de advertencia que permitirá a los consumidores de una forma rápida, clara y veraz conocer los productos con exceso de nutrientes como azúcares, grasas trans y saturadas, sodio y contenido energético.

Parece que tanto las experiencias latinoamericanas como la colombiana, no sólo, le han apuntado a una mayor comunicación en cuanto al continente y los contenidos de los comestibles, también le han apuntado a fomentar una educación, que busca que, desde nuestros hogares, sepamos diferenciar entre un alimento y un comestible. Este juego de palabras genera confusión para muchas personas, pero básicamente su diferencia radica en su relación con la naturaleza. De esta forma, mientras un alimento tiene su origen en la naturaleza, un comestible es un producto elaborado por la industria alimentaria que no existe en la naturaleza. Es así como, a través de las diferentes experiencias también se ha apuntado a que no se haga uso de palabras como “nutritivo” o “natural” en los comestibles, pues esto genera cierta visión errónea acerca de una buena alimentación, que por el contrario ha ayudado a expandir aún más la pandemia de la obesidad en Latinoamérica. Además, al reconocer a un alimento como un producto de origen natural, esto también evidencia toda una identidad y un proceso sobre los que han pasado estos alimentos.

Ahora, ¿Qué ha sucedido con los hábitos alimentarios de los hogares en América Latina en los últimos dos años? Parece que estar más en las casas implicó para los hogares latinoamericanos un aumento en el consumo de alimentos procesados, ya sea por una mayor facilidad para adquirirlos o por aumento en los precios de los alimentos frescos que se registraron en algunos países de la región. Si bien para junio del 2021 este consumo se ha reducido en todos los países analizados, se registra una mayor participación de esta clase de productos dentro de la alacena de los hogares, hábitos que pueden incidir en el mediano plazo con el aumento de enfermedades ligadas con el sobrepeso y la obesidad, a esto se le suma por supuesto la menor actividad física de muchos hogares.

Entonces, sabiendo que más del 60% (e incluso el 86% en países como Panamá) de los alimentos que consumen los hogares latinoamericanos son procesados, porque no evaluar otras medidas justamente para garantizar que el 40% restante sea mucho mayor. Esto se puede también a través de acciones que lleven a que, para un hogar de ingresos bajos en especial, decidir entre un comestible y una fruta no sea la decisión diaria en función del dinero disponible. ¿por qué no garantizar precios estables sobre los alimentos frescos? O al menos un subsidio sobre los mismos. La decisión de los hogares si bien esta en función de múltiples motivos de compra, cuando se trata de ingresos limitados, el precio entra a ser mucho más preponderante, más cuando este garantiza unos supuestos beneficios y el volumen del comestible es funcional con el número de personas en el hogar. Igualmente, iniciativas como el etiquetado frontal también podrían incidir sobre los hábitos alimenticios de la población en general, que como vimos no solo se ha limitado a mostrar de manera mucho más sencilla el contenido de azucares y demás elementos en los comestibles, sino también, a educar a los consumidores, pues los alimentos reales no requieren etiqueta.

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