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Recuerdos del lugar de mi infancia, hoy convertido en un gran lupanar.

En el Barrio Santa Fe, entremetidos en las cuadras de sus casas bonitas que Ospinas y Compañía trazó con visión futurista, había edificios vistosos. Tenían casi siempre apartamentos enormes y terrazas para que uno caminara por los tejados.

Y en el primer piso locales de negocios. La Lavandería de doña Celmira, las tiendas de Don Jorge en El Manantial y el Señor Mora, la Peluquería del señor Villamil que siempre le aplicaba a uno el “Corte Humberto”, las droguerías…

Eran, en realidad, farmacias, porque era la época de los farmaceutas. De las boticas… Tanto tiempo ha pasado. Pero recuerdo la que había en la calle 24 con carrera 17. La atendía un hombre de la costa: el señor Peñaranda. Era prácticamente un médico de barrio  porque en esa época no había Ley 100 e ir al galeno era un privilegio costoso. Ejercía con brillo su profesión de alquimista y siempre acertaba la cura para los dolores. Y ponía inyecciones con una mano sabia. Como para nunca más tenerle pánico a las agujas.

Había otra droguería en la Calle 22 con Carrera 16. Toda la esquina. Frente al Cyrano, que era la delicia de los domingo. Y subiendo hacia la Caracas, otras dos. En la Calle 23 con Caracas, la Droguería New York, y su letrero azul. Su símbolo, tal vez, la Copa Higia. O el mortero y el pistilo.

Y estaba la Droguería Acuña. La recuerdo por la casa magnífica en la Calle 22 con Carrera 10ª. La fachada amarilla con el techo negro, verde. Frente a una pastelería. Diagonal a La Barra. Tal vez en el meandro de los recuerdos vea el rostro de don Enrique Acuña Leal.

Prácticamente había nacido siendo farmaceuta o farmacéutico. Tenía 11 años de edad. Comenzó en la Botica Meoz, en 1934. Carrera Séptima con Calle 19. Y un año antes de que yo naciera, en 1956, les dio vida a Droguerías Acuña. Una cuadra hacia al sur. En la esquina con la 18. Cerca a La Gran Vía. Al Tía. Por donde tocaba acordeón un hombre ciego que era como un símbolo del lugar.

Con sus hermanos Manuel y Josefina montaron otras dos. Don Enrique tenía toda la experiencia. Y la visión. Una en la Carrera 13 con Calle 34. También esquina, costado sur, diagonal al Metro Teusaquillo. Y otra en mi barrio Santa Fe.

La Droguería Acuña ha estado más de 50 años en la 22 con Décima. En el aviso que después se multiplicaría por la ciudad y el país, el apellido Acuña en letras blancas sobre fondo rojo. El sector se envileció sin remedio. Don Enrique puso la fe, aun cuando pasó como un huracán la reconstrucción de la Décima para rodar TransMilenio. Refaccionó el edificio hasta donde pudo. Quedó el almacén de venta de zapatos, que atiende un hombre chino. Algo así como un rostro partido por la mitad. Una cara nueva y una que se resiste a ser feliz.

Con su trabajo, con el de sus hijos y de mucha gente, Don Enrique hizo de Droguerías Acuña un sinónimo de servicio y atención. La multiplicó con más de 34 locales en Bogotá. Y también en Agua de Dios, Anapoima, Chaparral, Duitama, Facatativá, Ibaqué, La Mesa, Tocaima, Tunja, Villavicencio, Villeta y Zipaquirá. Por comprar en la sucursal del Centro Comercial Niza, a mi hija le llegó la primera tarjeta de su vida. Yasmín Morales Silva, gerente de mercadeo de Droguerías Acuña, le dio la bienvenida al programa de beneficios por lealtad “Acuña Vitales”.

Esa lección de vida, esa pedagogía de empresa que cabe bien en uno de esos casos que suelen desarrollar Carlos Dávila Ladrón de Guevara, Luis Fernando Molina y el buen equipo de la Universidad de Los Andes, recibió una noticia luctuosa el fin de semana pasado.

Don Enrique Acuña Leal, fundador, padre y amigo de esta cadena emblemática, falleció. Le despidieron el lunes 4 de febrero en la Parroquia de Cristo Rey, en medio de una multitud tan nutrida como los avisos de obituario que lamentaron su deceso.

Se fue un gran hombre. Quedó una gran empresa con más de 200 empleados. Y una gran historia. Estacioné mi alma en la esquina de la Calle 22 con Carrera Décima. Volví a ser niño y le pedí a la memoria de don Enrique que me diera algo para aliviar este dolor.

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PERFIL
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Carlos Gustavo Álvarez G. nació en Bogotá en 1957. Es periodista, escritor, libretista de TV, asesor de comunicaciones y compositor. Se ha desempeñado como Director de Elenco, Editor Cultural y Editor Dominical de El Tiempo, Editor de revista Credencial y Subdirector de Cromos. Entre otros, escribió los libretos de la comedia "Don Camilo" y de la telenovela "Calamar", y con Bernardo Romero Pereiro (q.e.p.d.) creó al personaje "Guri Guri". Entre sus libros están: Bogotá de memoria, Paisas en Bogotá, La Vuelta a Bogotá en un poco más de 500 años, Angelita, Historia de una voluntad y En boca cerrada. Ha compuesto dos CD de canciones: "Son de Colombia" (2009) y "Tu amor" (2010) y "Palabras de amor", que circuló con "En boca cerrada". Ha sido columnista de Elenco, Lecturas Dominicales, El Tiempo, El Colombiano y en 2011 cumplirá siete años como columnista de Portafolio. Su página web es: www.carlosgustavoalvarez.net

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