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Una vez un amigo me participó su idea de casarse con la novia que tenía desde hacía varios años, era una linda mujer, responsable y trabajadora, pero lo más importante era el cariño que profesaba por mi amigo.

 

El era muy desconfiado y no quería comprometerse, aunque estaba enamorado, lo que hizo que planeara, como suelen hacer las parejas modernas, invitar a su novia a vivir juntos sin que hubiera de por medio un matrimonio civil o religioso.

 

Cuando me enteré de sus ideas lo invité a un café y le di la siguiente enseñanza:  Querido amigo, vas a emprender una etapa de tu vida en compañía de la mujer que amas y hoy el cómo lo hagas importa poco, con tal de que lo logres, pero más adelante te vas a arrepentir de no haberle dado la altura requerida a este hecho tan significativo para una pareja.

 

El se quedó sorprendido y realmente me manifestó que no entendía a dónde lo llevaban mis ideas.  Yo repliqué subrayando que mi ejemplo buscaba hacerlo reflexionar sobre la necesidad de “dejar huella al andar”.

 

Le dije que dentro de diez o veinte años, o sin ir más lejos dentro de cinco su pareja y él en algún momento tratarían de recordar cómo fue el inicio de su vida juntos y no encontrarían con facilidad un bonito recuerdo, o por lo menos uno que les hiciera sentirse orgullosos. La falta de detalles y descuido en ellos le saldría cara en el futuro.

 

Habiéndole dicho lo anterior pasé a recomendarle que hiciera una pequeña ceremonia en su apartamento y convocara a dos o tres amigos o amigas mutuos, que los acompañaran y sirvieran de testigos de ese instante especial e irrepetible en sus vidas.  No había que hacer tarjetas preimpresas, ni siquiera comprar champaña costosa, sino ofrecerles algo que la pareja hubiera encontrado de su gusto frecuente, por decir algo unas ricas empanadas o un sabroso pollo, es decir algo que los hiciera sentir contentos y en celebración, a su estilo amoroso y sencillo o, descomplicado. 

 

También recomendé que le dijeran  a uno de los amigos que llevara una cámara Fotográfica para que tomara dos o tres fotos conmemorativas de ese día y finalmente le indiqué que era bueno dedicarse algunas palabras amorosas ese día, delante de su pequeñísima audiencia, algo así como “queríamos compartirles nuestro inmenso amor y la decisión que hemos tomado de iniciar nuestra vida juntos hoy mismo.  Ustedes son nuestros amigos y al mismo tiempo los testigos del inicio formal de nuestra nueva vida”.

 

Lo que acabo de mencionar sirve de marco de referencia de un tema que en las oficinas y en las empresas suele pasar sin la debida atención.  Me refiero a los momentos en los cuales hay que detenerse un minuto y celebrar en forma sencilla pero inolvidable, acontecimientos como ganarse un gran negocio, terminar un largo proyecto, recordar un aniversario, festejar un ascenso, dar una despedida, recibir una condecoración o placa recordatoria, etc. 

 

Tanto los jefes como los empleados e incluso los proveedores, sin importar la jerarquía o el rango, deberían conocer esta fina idea de dar realce a temas en apariencia sencillos pero muy importantes en las vidas de los seres humanos.  El ejercer la función de organizar un pequeño evento de celebración es una idea que debe nacer en el seno de los equipos de trabajo y no necesariamente es propiedad intelectual de los departamentos de talento humano o de los gerentes.  Se trata de aprender a convivir con elegancia y dignidad sin que nos cueste, pero buscando dejar el rastro  y tener la oportunidad de compartir un rato agradable o memorable con los compañeros.  A la larga, pasado un tiempo, lo único que nos quedará serán las fotos que nos tomaron ese día y algún símbolo que hayamos recibido de los demás como recordatorio del suceso.  Lo demás estará archivado para siempre en el olvido.

 

Las empresas pocas veces toman conciencia de esta práctica tan agradable y útil, porque están pendientes de la carrera en busca del logro diario y olvidan con facilidad que los seres humanos igual que las plantas necesitamos afecto y cariño frecuente.

 

Supongamos que una persona que estaba enferma acaba de regresar a la oficina, después de un mes de ausencia.  La persona puede entrar y saludar a todos los compañeros y jefes y luego sentarse a trabajar buscando volver a engranar en la cotidianidad.  Un regreso así es muy común y demora unos minutos mientras la persona pasa de escritorio en escritorio contando su versión de la recuperación.  También se puede armar un corrillo donde la persona en forma más ágil y sencilla comenta los pormenores de su enfermedad y la recuperación evitando la repetición del cuento.

 

La diferencia que hace la reflexión que hemos venido realizando consiste en volver ese momento un motivo de recordación para toda la vida y dada la alegría del regreso del compañero que estaba enfermo se puede planear una bienvenida sencilla con ponqué y foto incluida para escuchar su relato y al mismo tiempo compartir otras anécdotas que permitan tener treinta minutos o una hora de salida de la oficina, condición que deja a todos preparados para llegar contentos a sus casas a compartir el suceso del día  y por qué no el mejor chiste de la reunión.  El trabajo no queda como última memoria para traer a la cabeza, con el stress o la preocupación que ello puede representar, sino que por el contrario borramos íntegras las dificultades o retos que hayamos tenido en el día y las cambiamos por la torta de celebración con una nota firmada por todos celebrando el regreso del compañero.

 

Episodios como estos es a los que hago referencia y muchos de ustedes en este momento estarán pensando que varias veces los han realizado, los felicito por ello, pero mi invitación es a recuperar en sus memorias cuántos otros episodios y oportunidades dejaron pasar por alto, muchas de ellas más relevantes que los tradicionales cumpleaños.

 

La vida está llena de detalles, ninguno costoso.  Lo importante es que uno capture los momentos más importantes y los deje grabados para siempre mediante una pequeña ceremonia que le de el realce necesario al acontecimiento, se trata entonces de detalles tan sencillo como suele ocurrir en el matrimonio, que nos vamos a la cama y nos dormimos sin despedirnos, a veces un beso tierno y un “hasta mañana mi amor, te quiero”  hace la diferencia.

 

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